miércoles, 14 de enero de 2015

SIN DIOS II

Ya hace unas cuantas lunas que hemos podido leer una carta del pibe Francisco en respuesta a Eugenio Scalfari, fundador del diario "La Repubblica" en la que aseguraba que “no hace falta creer en Dios para ir al cielo”, basta con “obedecer a su propia conciencia”. Y en su reciente visita a Albania afirmó que “matar en nombre de Dios es un sacrilegio y discriminar en nombre de Dios es inhumano”. 
Desde luego, ha habido y habrá muchas personas en el mundo no creyentes que han hecho el bien y que de existir el cielo, tendrán una entrada vip para acceder a él. Y estaremos todos de acuerdo que por el contrario, las mayores atrocidades de la humanidad se han hecho en nombre de Dios, cada cultura el suyo.
En estos días, en los que todos nos hemos sentido ciudadanos parisinos, hemos observado con estupor como algunos siguen matando en nombre de Dios y nos quedamos atónitos ante la frialdad de unas imágenes, que más que reales, nos parecen sacadas de una película de Quentin Tarantino haciendo real el dicho “la realidad supera a la ficción”.
Sin duda, nos enfrentamos a un futuro en el que las creencias religiosas serán el mayor problema social de nuestra maltrecha humanidad. La religión es la excusa necesaria y suficiente para que unos y otros estemos enfrentados y dispuestos a llegar a lo único que hoy en día no tiene solución: la muerte. 
No vale la pena morir por casi nada. La vida es para vivirla y es demasiado bonita para morir por ideales o creencias. Solamente podríamos incluir una excepción humana en esta generalidad que quizás parezca demasiado absoluta: cualquier padre o madre moriría por sus hijos aunque pocos se atreverían a matar por ellos. La condición humana puede llegar a entender este fanatismo natural (el amor de un padre hacía un hijo) pero lo que no llega a nuestro entendimiento es el resto de fanatismos tocados y manipulados con en esa barita mágica que se llama educación.
Y es aquí donde quiero llegar. Hemos visto como este domingo los líderes políticos caminan juntos por las calles de la ciudad de la luz en favor de la libertad y los ministros de interior europeos y de Estados Unidos celebran cumbres para tomar medidas políticas urgentes contra el terrorismo pero me temo que serán pan para hoy y hambre para mañana. Hemos de ser conscientes que un niño no nace terrorista, se hace, lo hacen. Lo educan y adoctrinan para que en nombre de no sé qué Dios odie al prójimo que aunque sea como él, no piensa como él. Y puede llegar a cometer los actos más bárbaros e inhumanos que sea capaz. Como dijo Nelson Mandela, la educación es el arma por poderosa del mundo. Necesitamos menos política antiterrorista y más educación antiterrorista. El actual mundo no puede vivir al son que marquen las religiones. Es y debe ser en nuestras escuelas, en sus escuelas, en todas las escuelas del mundo donde se fragua la propia conciencia y donde ha de comenzar la verdadera libertad del hombre.
Sin Dios se puede vivir pero sin educación no se puede convivir.


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